Momento
Gabriela Casadamon
   

Vos, encerrado ahí, en la oficina y la vida en otra parte, siempre. Los años se te pasaron esperando el viernes para hacer algo, para vivir. Pero tan cansado llegabas que nada, nunca. Y enseguida venía el domingo y ya sentías el lunes soplándote en la nuca que te obligaba a lavar y planchar la camisa y lustrar los zapatos y buscar la corbata que había quedado tirada, desde hacía dos días, en algún lugar de la casa. Así era el domingo. Ella ya no se ocupaba.

Miraste ahí, con el cuerpo de estatua, cómo el viento ondulaba las cortinas de la ventana y deseaste ser blando y leve, que un suspiro alcanzara para sacarte a la calle y conducirte a... no importaba a dónde. Lo que querías era la incertidumbre, el no saber qué te podría pasar en una hora.

Cuando llegó el cafetero justo a las once y media, lo odiaste. Hasta tenías que tomar el café en un horario determinado por otro. Las certezas de la vida rutinaria te aniquilaban. Mala vida para ser la única que vivirías, pensaste.

Las horas pasaron iguales a las del día anterior, a todas. Ingresos de datos en la computadora y llamadas a los clientes. Luego el jefe que te pedía las planillas a las cinco de la tarde. Después que caminaste hasta la oficina del señor todopoderoso con los fríos papeles en la mano, tu figura se reflejó en el vidrio opaco de la puerta del Paraíso capitalista. Allí parado, comprendiste el fracaso y depositaste toda la lástima del mundo en tu imagen borroneada de espectador en las sombras viendo vivir a los otros.

Volviste al escritorio. Faltaban unos datos que ingresar en la máquina. Trataste de concentrarte en eso, no pensar, pero no pudiste. El horario de salida se acercaba y otra vez venía la casa. Esa casa gris de humedad, sucia, despojada por los años de cualquier fragmento de felicidad, en donde sólo se oían los gritos dispares de dos bocas quebradas que ya no miraban lo mismo, pero que se unían en el histérico sonido del reproche. Ni la casa ni la oficina, sólo deseabas la calle.

Después de que algo del agotamiento se escapara a través de un suspiro, apareció el escobillón que arrastraba la gordura de la señora de la limpieza. Un personaje secundario, como vos, tan lejos de un protagonismo absoluto, tan lejos. Ella te saludó y vos supiste que ya estaba por hoy, que tenías que irte.

Cuando en la parada de la esquina el colectivo frenó, subiste. Entonces te sentaste y miraste la ciudad desde la ventanilla.

Nada había pasado, el viaje continuaba, pero, inexplicablemente, ya no eras el mismo.